‘Conexión Samanta’ explora este martes los límites de la adicción al sexo


Una vida sexual plena es un indicador de bienestar. Pero ¿qué ocurre cuando de la plenitud se pasa a la adicción? La periodista Samanta Villar intentará dar respuesta a esta pregunta en “Enganchados al sexo”, la nueva entrega de ‘Conexión Samanta’ que Cuatro estrenará este martes, 17 de diciembre, a las 00.30h.

“Enganchados al sexo” mostrará cómo afecta este tipo de adicción desde diferentes ángulos: el de los terapeutas y el de las personas adictas. Para ello, el programa acudirá a varios centros de rehabilitación donde se ofrecen distintas terapias para superar esta situación y también contactará con algunos afectados: consumidores compulsivos de pornografía y de prostitución, personas que necesitan tener sexo continuamente con diferentes compañeros y prácticas cada vez más extremas.

De la promiscuidad a la adicción

¿Dónde está el límite entre afición y adicción? Muchas personas admiten su gusto por el sexo, pero pocas reconocen que les ha supuesto un problema y menos aún las que deciden internarse para recibir terapia. A pesar de que el 95% de los casos acaban con éxito, llegar a la rehabilitación implica un duro proceso en el que es necesario asumir la enfermedad y recuperar la autoestima.

En “Enganchados al sexo”, los espectadores acompañarán a Samanta Villar a una clínica de Palma de Mallorca para conocer los casos de Javier y Cati. La joven, de 33 años, lleva más de uno en tratamiento y siente un enorme complejo de culpabilidad: “El sexo se convierte en el centro de tu vida completamente. Cuantos más hombres atraes, más poderosa te sientes” le confiesa a la periodista. Su promiscuidad y su coqueteo con las drogas le impulsaron a ponerse en tratamiento.

Samanta también vivirá de cerca el caso de Javier, un chico de 33 años que representa la cara más oscura de esta adicción. Poco a poco, Javier trata de mejorar su autoestima, pero tiene un pésimo concepto de si mismo. “El sexo ha destrozado mi vida” reconoce ante la periodista. “Una vez empiezo no puedo parar: mantener relaciones sexuales con desconocidos, sexo sin protección, exhibicionismo… Perdí trabajo, familia, amigos…” explica ante las cámaras del programa.

La falta de autoestima, clave de la enfermedad

El periodo medio de ingreso por adicción al sexo son 28 días, casi un mes para curar una enfermedad que, en realidad, oculta un problema de autoestima o de rechazo social. “Es muy difícil establecer quién es un adicto al sexo porque casi siempre se enmascara con otro tipo de adicciones, pero son personas infelices con su modo de vida y que no pueden por si mismas cambiar su modo de conducta”, explica el doctor Emiliano Corrales, coordinador de la Unidad de conductas adictivas del Hospital de la Vega Baja de Alicante.

En muchos casos los pacientes acaban teniendo sexo compulsivamente para escapar de fantasmas de su adolescencia o juventud. La enfermedad se agrava si se mezcla con el abuso de drogas. Así se lo explica a Samanta Villar Cipri, un adicto al sexo de 48 años ingresado por tercera vez en un centro de Alicante: “las drogas me llevaban al porno y el porno a la prostitución” admite.

Cipri quiere asumir los últimos años de su vida y reconocer en lo que ha fallado para que sus hijos puedan estar orgullosos de él. “Les he quitado dinero de sus huchas para ir a los clubs y me he tirado siete y ocho horas viendo porno en mi casa” explica en el programa.

Fogosos pero no adictos

La periodista también conocerá de cerca casos de personas muy activas sexualmente, que, sin embargo, no se consideran adictas al sexo. Esa es la situación de Aday e Yvette, un hombre y una mujer muy fogosos que disfrutan de tener numerosas relaciones sin que les parezca una conducta fuera de lo común. Por su parte, Yvette practica sexo en grupo y comparte sus vivencias con sus tres hijos adolescentes sin ningún tipo de tapujos. En el reportaje, Yvette le confiesa a Samanta con cuántas personas ha tenido sexo en un mismo día: “mi récord de momento son 15 hombres pero la verdad es ¡porque no había más!”.

Aday tiene 22 años y es una máquina sexual. Vive sin tapujos su sexualidad y no duda en reconocer que “me he acostado con 2.500 o 3.000 personas”, una circunstancia que le impide pasear tranquilamente por la calle, ya que siempre termina encontrándose con algunos con los que ha tenido sexo. Yvette y Aday suponen la cara más amable de la adicción, que, en su caso, no es una enfermedad, sino un estilo de vida.